Día sí día también oímos hablar de la calidad de los vinos de tal o cual zona o de aquella o aquella otra bodega, tanto para ponerlo en valor como para criticarlo según el “tarannà” y los gustos de quien habla o escribe.

Parafraseando el novel·lista Haruki Murakami, ¿qué quiero decir cuando hablo de calidad?  Para mí la calidad es el grado de satisfacción -de la clase que sea- que algo, hecho o experiencia aporta a quien lo recibe, lo vive o lo experimenta. La calidad -o su manca- es por tanto en mi opinión una valoración completamente subjetiva dado que es la percepción que alguien tiene de determinados estímulos.

¿Podemos pues hablar de la calidad del vino en términos de puntuaciones o de valoraciones? Yo creo que no, y este hecho provoca no pocas frustraciones en consumidores no experimentados que compran una botella de vino que ha obtenido altas puntuaciones en determinados certámenes y -tras pagar un precio que considera alto- sale decepcionado de lo que encuentra dentro de la botella.

¿Quiero decir que no hay que hacer caso de concursos, guías, y otros elementos de prescripción? No. Quiero decir que la opinión de los expertos es buena por los expertos y por las personas que se quieren introducir en el extenso y variado mundo del vino, pero a menudo no es un buen referente para la gente de la calle que está acostumbrada a vinos sencillos -no malos – de precio módico, y al que un vino lleno de sutilezas y excepcionalidades lo deja bastante indiferente -aunque habitualmente le guste- sobre todo si ha pagado más del doble de lo que suele pagar por una botella de vino.

La calidad tiene muchas caras, y siempre dependerá de los ojos que la miran. Las tiendas especializadas en vino suelen saber captar nuestros gustos y pueden hacernos recomendaciones personalizadas.

Àngel Garcia Petit